Noticias, empresas y protagonistas de la minería argentina   ·   24 de octubre de 2026    ·   23:20 hs
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Santa Cruz, 30 años de minería: ¿qué sabemos realmente sobre la licencia social?

Santa Cruz, 30 años de minería: ¿qué sabemos realmente sobre la licencia social?

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Licencia Social Minera

La provincia consolidó una industria que transformó su economía, generó empleo y posicionó a Santa Cruz como referencia de la minería metalífera argentina. Sin embargo, los cierres de yacimientos, los reclamos por el empleo y las dificultades de los proveedores locales plantean una pregunta que todavía necesita respuestas: ¿qué respaldo construyó la actividad y qué dejó en las comunidades después de tres décadas?

Santa Cruz acumula casi tres décadas de minería metalífera a gran escala. Desde la entrada en producción de Cerro Vanguardia, en 1998, la actividad transformó la economía de distintas localidades, generó empleo, impulsó servicios y posicionó a la provincia como uno de los principales distritos mineros del país. Sin embargo, el paso del tiempo plantea una pregunta que no puede responderse únicamente con cifras de producción, exportaciones o inversión: ¿qué sabemos realmente sobre la licencia social de la minería santacruceña?

La continuidad de las operaciones demuestra que la actividad logró consolidarse en el territorio, pero no alcanza para determinar cómo la perciben las comunidades, qué nivel de confianza mantienen en las empresas ni cómo evalúan los resultados económicos, sociales y ambientales de estos años. La licencia social no es un permiso administrativo ni una declaración formal de apoyo. Es una relación dinámica que se construye con el tiempo y que depende, entre otros factores, del cumplimiento de los compromisos, la transparencia, las oportunidades que genera la actividad y la manera en que se distribuyen sus beneficios.

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La experiencia santacruceña tiene particularidades que ayudan a entender esta relación. La minería se desarrolló en localidades alejadas de los grandes centros urbanos, con mercados laborales relativamente pequeños y posibilidades limitadas de diversificación económica a gran escala. En ese contexto, los salarios mineros, la contratación de servicios, la demanda comercial y los ingresos fiscales adquirieron una importancia significativa. Para muchas familias y empresas, la actividad representó una oportunidad concreta de mejorar sus ingresos y ampliar sus posibilidades de crecimiento.

Sin embargo, el peso económico de la minería no produce necesariamente el mismo resultado en todas las comunidades. Puerto San Julián, Perito Moreno, Gobernador Gregores y Puerto Deseado tienen trayectorias diferentes, condicionadas por la ubicación de los yacimientos, la duración de las operaciones, las políticas públicas y la capacidad de transformar la demanda minera en oportunidades sostenibles. Por eso, no sería riguroso hablar de una única experiencia santacruceña ni afirmar que la actividad generó idénticos beneficios en cada localidad.

La discusión sobre el empleo permite observar con claridad esa diferencia. La provincia estableció mecanismos legales para favorecer la contratación de trabajadores locales y promover la participación de empresas santacruceñas. La Ley Provincial 3141 y sus modificaciones forman parte de ese marco, que busca que una mayor proporción de los beneficios económicos permanezca en el territorio. Pero la existencia de una normativa no demuestra por sí sola su cumplimiento efectivo, así como tampoco garantiza que todas las localidades vinculadas con los proyectos reciban una participación equivalente en las oportunidades generadas.

 

No es lo mismo hablar de empleo provincial que de empleo de cercanía. Un trabajador residente en Río Gallegos y otro radicado en Perito Moreno pueden cumplir los requisitos de residencia establecidos, pero el impacto de sus ingresos sobre cada economía local será diferente. Algo similar sucede con los proveedores: contratar a una empresa santacruceña no significa necesariamente que se fortalezca el entramado productivo de la localidad donde opera el yacimiento. Importan la radicación efectiva, el personal ocupado, las inversiones, la capacidad de decisión y el valor agregado que queda en la comunidad.

Pamela Pesoa Monsalvo
Pamela Pesoa Monsalvo y el distintas autoridades de Perito Moreno 

Los planteos realizados en Perito Moreno días atrás muestran que esta cuestión sigue vigente. Autoridades municipales, concejales y empresarios reclamaron mayor participación de los proveedores locales en las contrataciones mineras. Newmont y Minera Santa Cruz participaron de una reunión convocada para abordar estos problemas, mientras que Patagonia Gold se excusó de asistir. Posteriormente, se anunciaron instancias de capacitación y vinculación comercial destinadas a empresas de la localidad. El alcance de esas iniciativas deberá evaluarse a partir de sus resultados concretos, pero los reclamos ya permiten identificar una preocupación que no puede reducirse a una discusión administrativa entre compañías y proveedores.

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La pregunta de fondo es cuánto de la actividad minera se transforma en empresas más sólidas, empleos sostenibles y capacidades productivas que puedan mantenerse más allá de una contratación puntual. También importa qué sucede con los recursos que genera la actividad y de qué manera llegan a la población. En Santa Cruz existen distintos mecanismos de contribución económica, entre ellos las regalías, los tributos y los aportes canalizados mediante el fideicomiso UniRSE. Sin embargo, para evaluar su impacto no alcanza con conocer los montos anunciados o comprometidos: es necesario saber cuánto se recaudó, cuánto se ejecutó, qué obras se terminaron y qué necesidades continúan pendientes.

La distinción entre anuncios y resultados es fundamental. Un aporte comprometido no equivale a uno efectivamente transferido, del mismo modo que una obra financiada no necesariamente está terminada. La transparencia de estos mecanismos y la posibilidad de seguir el destino de los recursos son elementos centrales para construir confianza. La responsabilidad social empresaria puede contribuir a mejorar la relación con las comunidades, pero no reemplaza las obligaciones legales, laborales, fiscales y ambientales de las compañías.

Hay, además, una instancia en la que todas estas cuestiones adquieren una dimensión mucho más concreta: el cierre de una mina. Durante la etapa productiva, la operación sostiene puestos de trabajo, demanda servicios, moviliza el transporte y genera ingresos para comercios y proveedores. Cuando ese movimiento se reduce o desaparece, quedan expuestas las fortalezas y debilidades de la economía local.

El caso de Gobernador Gregores, permite observar esa transición. El fin de la explotación y el proceso de cierre pusieron sobre la mesa las cuestiones laborales y económicas propias de la reducción de la actividad, así como la necesidad de pensar alternativas para los trabajadores, los contratistas y los comercios que dependían, directa o indirectamente, de la operación.

El cierre no puede analizarse únicamente como una etapa técnica del proyecto. Involucra a familias, empresas y gobiernos que construyeron parte de sus expectativas económicas alrededor de la minería. Las acciones de capacitación y acompañamiento a emprendimientos pueden ayudar a enfrentar esa transición, pero su eficacia debe medirse por resultados: cuántas personas consiguen nuevas oportunidades, qué proyectos logran sostenerse y qué alternativas de ingresos se consolidan.

Esto tampoco significa atribuir automáticamente a una operadora toda la responsabilidad por las dificultades económicas de una localidad. El Estado, las empresas, las organizaciones sindicales y los actores productivos tienen funciones diferentes. Lo que sí resulta indispensable es anticipar los efectos previsibles del cierre y trabajar antes de que la pérdida de empleos y contrataciones se convierta en una emergencia social. Esperar hasta el final de la explotación para pensar cómo sostener la economía local limita las posibilidades de una transición ordenada.

La dimensión ambiental también forma parte de esa relación. Las dudas sobre el uso del agua, la gestión de residuos, el control de las instalaciones y la remediación de las áreas intervenidas requieren información verificable y respuestas fundadas. No corresponde dar por probada una afectación ambiental ante cada inquietud, pero tampoco desestimar las preocupaciones de la población sin ofrecer datos que permitan evaluarlas.

El Estado tiene una responsabilidad indelegable en materia de fiscalización, mientras que las empresas deben cumplir sus obligaciones y comunicar de manera clara los resultados relevantes de su gestión ambiental. Los monitoreos técnicamente adecuados, la disponibilidad de información y la participación comunitaria pueden contribuir a fortalecer la confianza, siempre que se desarrollen con procedimientos transparentes. También es importante distinguir entre una denuncia, un riesgo potencial, un incumplimiento constatado y un daño demostrado: esa diferencia es indispensable para un debate público serio.

Una licencia social que necesita medirse

Con casi tres décadas de experiencia, Santa Cruz cuenta con operaciones mineras consolidadas, trabajadores especializados, proveedores vinculados con la industria y mecanismos públicos para regular la actividad. Al mismo tiempo, enfrenta reclamos por la participación local, dificultades asociadas al cierre de yacimientos y el desafío de convertir la riqueza mineral en desarrollo económico duradero. Estos elementos permiten reconocer la importancia de la minería en la provincia, pero no alcanzan para establecer cuál es el nivel de aceptación social que mantiene.

Para responder esa pregunta con rigor harían falta estudios sistemáticos de percepción, con resultados representativos y diferenciados por localidad. También sería necesario seguir indicadores de empleo y compras locales, evaluar el cumplimiento de los compromisos económicos y ambientales, conocer cómo se distribuyen territorialmente los beneficios y analizar los resultados de los procesos de cierre. Escuchar a trabajadores, sindicatos, proveedores, comerciantes, organizaciones sociales, autoridades y habitantes sin relación laboral directa con la minería permitiría construir una visión más completa.

No se trata de buscar una aprobación unánime, algo difícil de encontrar en cualquier actividad económica, sino de comprender qué aspectos de la minería generan respaldo, cuáles provocan cuestionamientos y qué condiciones permitirían fortalecer la relación con las comunidades. Una localidad puede valorar los puestos de trabajo y, al mismo tiempo, reclamar mayor participación de sus empresas. Puede defender la continuidad de una operación y exigir mejores controles ambientales. Esas posiciones no son necesariamente contradictorias: forman parte de una relación que evoluciona con el tiempo.

Después de casi 30 años, Santa Cruz ya cuenta con una experiencia consolidada en la producción de oro y plata a escala industrial. El desafío es demostrar que esa actividad también puede fortalecer las economías locales, ampliar las oportunidades para trabajadores y proveedores, mejorar la calidad de la información pública y afrontar los cierres con previsión y responsabilidad.

La continuidad de las inversiones importa, al igual que la exploración y la extensión de la vida útil de los yacimientos. Pero el desarrollo minero no debería medirse exclusivamente por la cantidad de años que una mina permanece abierta. También importa qué capacidades quedan instaladas, qué empresas logran consolidarse, qué infraestructura se incorpora y qué alternativas existen cuando la producción termina.

La experiencia de Gobernador Gregores y los reclamos de Perito Moreno no permiten emitir un veredicto general sobre la licencia social de toda la minería santacruceña. Sí ofrecen motivos suficientes para evitar las respuestas fáciles y profundizar el análisis. Después de tres décadas, la pregunta ya no es solamente cuánto aporta la minería mientras está en producción, sino cuánto de ese aporte se transforma en desarrollo sostenible y cómo se distribuyen sus beneficios y sus costos.

La licencia social no debería medirse por la ausencia de conflictos ni por la continuidad de las operaciones. Debería evaluarse a partir de la confianza que las empresas logran construir, los compromisos que cumplen y los resultados verificables que dejan en las comunidades. Santa Cruz tiene una historia minera extensa; conocer con precisión el balance social de esa trayectoria es una tarea pendiente que requiere datos, seguimiento y evaluación pública.

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Periódico digital
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